
En aquellos lejanos años ochenta, Josep Colom era uno de los pianistas habituales en los ciclos musicales elaborados por la Fundación Juan March, gracias a los cuales algunos empezamos a aficionarnos a los conciertos de música clásica. Composiciones camerísticas y para instrumentos solistas que todavía siguen hoy conformando la propuesta musical auspiciada por esta entidad, de la que hablaremos en posteriores entradas. Repasando aquellos antiguos programas protagonizados por Colom he encontrado mucha música francesa: Saint-Saëns, Debussy, Ravel, etc., sin duda como influencia de una formación que le llevó a la Ecole Normal de Musique de Paris. Precisamente con música de Maurice Ravel (aunque no figurara así en el programa de mano) se inició el recital que el pianista barcelonés ofreció el martes pasado dentro del ciclo de Grandes Intérpretes que organiza la Fundación Scherzo, y que acoge a buena parte de los mejores solistas de la actualidad.
Le Tombeau de Couperin remite al pasado barroco por su disposición en forma de suite, y combinó atinadamente con la Partita nº 6 de Bach que completó la primera parte del recital. El Prelude que abre la colección de danzas compuesta por Ravel fue interpretado con el encanto y viveza requeridos, manteniendo el carácter de movimiento perpetuo de la pieza, ambas cualidades también presentes en la grabación de Monique Haas que sugiero escuchar. Tras la misteriosa ligereza de la Fuga a tres voces, interpretada con gran profundidad, la Forlane fue abordada con acentuación decidida; pero quizás lo más sobresaliente de la versión de Colom se logró en el precioso Menuet, al que Colom aportó un apreciable sentido del rubato, y gran reposo en la exposición. Magistral propuesta. Una Toccata cierra esta colección de seis piezas que Ravel dedicó a la memoria de sendos amigos fallecidos en la I Guerra Mundial, y en ella Colom se empleó con brillantez y fogosidad. Ya que antes proponía una grabación de Monique Haas, ahora enlazo aquí la interpretación de estos dos últimos movimientos a cargo de su maestro, Robert Casadesus.
Y de la Toccata de Ravel, a la Toccata con que se abre la grandiosa Partita nº 6 en mi menor BWV 830 de Bach, que fue la obra interpretada a continuación. Paralelismos entre el barroco de Bach y el evocado por Ravel, que también surgen entre la Fuga a tres voces de la obra del francés y la que se encuentra en la sección central de esta obra maestra con que se inicia la partita. En este fragmento de película Glenn Gould la interpreta... a su manera, dirigiendo con su mano izquierda cuando con la derecha inicia la citada fuga. Desconozco si su peluquero fue perseguido judicialmente tras el rodaje.
La repetición de las secciones que constituyen algunas piezas en el Barroco permite al escuchante asimilar las ideas musicales más facilmente y ayuda a nuestro cerebro a delimitar la estructura de la composición. También ofrece al solista la posibilidad de incorporar en la re-lectura elementos ornamentales, modificando la ejecución superficialmente. Pero en el recital de Josep Colom pudimos comprobar cómo este recurso puede llegar mucho más lejos, y alcanzar un significado expresivo más profundo. En la Allemande asistimos a una primera lectura algo plana, como si de una primera visión se tratara; mientras que en la repetición se acentuó el dramatismo y el sentido de una pieza que alcanzó mayor gravedad. Algo similar ocurrió en la Courante, que se expuso de modo sorprendente esquemático, eludiendo el carácter sincopado de la pieza, para mostrar su plenitud en la repetición. El Air surgió con grandeza y adornado remate, aunque el momento culminante llegó con la reposada lectura de la Sarabande, que tuvo una majestuosidad excepcional y gran riqueza en la ornamentación, manteniendo el pulso al límite. En Youtube no encuentro más que esta versión de Perahia que pudiera estar a esa altura, grabada en concierto.
Tras el descanso, el programa se completó con la Sonata en si menor de Franz Liszt, y aquí conviene mencionar de nuevo la educación musical de Josep Colom, para descubrir cómo a través de una enseñanza de élite puede recibirse la influencia de un compositor clásico sin demasiados intermediarios: según figura en su biografía, Monique Deschaussées impartió clases a Colom en la escuela parisina citada al principo, y ella a su vez fue discípula de Alfred Cortot, fundador de la misma. Y de Cortot enlazamos casi directamente con el mismísimo Liszt, puesto que el legendario pianista francés fue asistente personal de su hija Cosima. No es aventurado suponer, por tanto, que el destilado de esta tradición surgiera en el Auditorio Nacional de las manos de Colom, recordando una interpretación como la que el propio Cortot grabó de la sonata de Liszt en 1929. Colom brindó una versión madura y homogénea de la colosal partitura, con manejo flexible del tempo en los pasajes más calmados, y sorteando las dificultades extremas con pasión controlada.
He de resaltar, quizá también por lo excepcional del fenómeno, el respetuoso silencio que el público mantuvo durante todo el recital, que se cerró con el obsequio del Coral "Nun Komm der Heiden Heiland" de Bach, en arreglo de Busoni, aquí en las octogenarias manos del gran Horowitz, a quien nunca le faltó la sonrisa aún después de interpretar tan solemne música.
Le Tombeau de Couperin remite al pasado barroco por su disposición en forma de suite, y combinó atinadamente con la Partita nº 6 de Bach que completó la primera parte del recital. El Prelude que abre la colección de danzas compuesta por Ravel fue interpretado con el encanto y viveza requeridos, manteniendo el carácter de movimiento perpetuo de la pieza, ambas cualidades también presentes en la grabación de Monique Haas que sugiero escuchar. Tras la misteriosa ligereza de la Fuga a tres voces, interpretada con gran profundidad, la Forlane fue abordada con acentuación decidida; pero quizás lo más sobresaliente de la versión de Colom se logró en el precioso Menuet, al que Colom aportó un apreciable sentido del rubato, y gran reposo en la exposición. Magistral propuesta. Una Toccata cierra esta colección de seis piezas que Ravel dedicó a la memoria de sendos amigos fallecidos en la I Guerra Mundial, y en ella Colom se empleó con brillantez y fogosidad. Ya que antes proponía una grabación de Monique Haas, ahora enlazo aquí la interpretación de estos dos últimos movimientos a cargo de su maestro, Robert Casadesus.
Y de la Toccata de Ravel, a la Toccata con que se abre la grandiosa Partita nº 6 en mi menor BWV 830 de Bach, que fue la obra interpretada a continuación. Paralelismos entre el barroco de Bach y el evocado por Ravel, que también surgen entre la Fuga a tres voces de la obra del francés y la que se encuentra en la sección central de esta obra maestra con que se inicia la partita. En este fragmento de película Glenn Gould la interpreta... a su manera, dirigiendo con su mano izquierda cuando con la derecha inicia la citada fuga. Desconozco si su peluquero fue perseguido judicialmente tras el rodaje.
La repetición de las secciones que constituyen algunas piezas en el Barroco permite al escuchante asimilar las ideas musicales más facilmente y ayuda a nuestro cerebro a delimitar la estructura de la composición. También ofrece al solista la posibilidad de incorporar en la re-lectura elementos ornamentales, modificando la ejecución superficialmente. Pero en el recital de Josep Colom pudimos comprobar cómo este recurso puede llegar mucho más lejos, y alcanzar un significado expresivo más profundo. En la Allemande asistimos a una primera lectura algo plana, como si de una primera visión se tratara; mientras que en la repetición se acentuó el dramatismo y el sentido de una pieza que alcanzó mayor gravedad. Algo similar ocurrió en la Courante, que se expuso de modo sorprendente esquemático, eludiendo el carácter sincopado de la pieza, para mostrar su plenitud en la repetición. El Air surgió con grandeza y adornado remate, aunque el momento culminante llegó con la reposada lectura de la Sarabande, que tuvo una majestuosidad excepcional y gran riqueza en la ornamentación, manteniendo el pulso al límite. En Youtube no encuentro más que esta versión de Perahia que pudiera estar a esa altura, grabada en concierto.
Tras el descanso, el programa se completó con la Sonata en si menor de Franz Liszt, y aquí conviene mencionar de nuevo la educación musical de Josep Colom, para descubrir cómo a través de una enseñanza de élite puede recibirse la influencia de un compositor clásico sin demasiados intermediarios: según figura en su biografía, Monique Deschaussées impartió clases a Colom en la escuela parisina citada al principo, y ella a su vez fue discípula de Alfred Cortot, fundador de la misma. Y de Cortot enlazamos casi directamente con el mismísimo Liszt, puesto que el legendario pianista francés fue asistente personal de su hija Cosima. No es aventurado suponer, por tanto, que el destilado de esta tradición surgiera en el Auditorio Nacional de las manos de Colom, recordando una interpretación como la que el propio Cortot grabó de la sonata de Liszt en 1929. Colom brindó una versión madura y homogénea de la colosal partitura, con manejo flexible del tempo en los pasajes más calmados, y sorteando las dificultades extremas con pasión controlada.
He de resaltar, quizá también por lo excepcional del fenómeno, el respetuoso silencio que el público mantuvo durante todo el recital, que se cerró con el obsequio del Coral "Nun Komm der Heiden Heiland" de Bach, en arreglo de Busoni, aquí en las octogenarias manos del gran Horowitz, a quien nunca le faltó la sonrisa aún después de interpretar tan solemne música.

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