Crítica musical, cinematográfica, teatral. Sugerencias, sensaciones, vivencias.

domingo 13 de marzo de 2011

IBERMÚSICA: DANIEL BARENBOIM - FRANZ SCHUBERT

Auditorio Nacional de Música - Madrid - 20 de febrero de 2011


Han pasado ya más de veinte años desde que vi aparecer a Daniel Barenboim en el Palau de la Música de Valencia, y comenzar a tocar el Aria que precede a las 30 Variaciones Goldberg, de J. S. Bach. Fue el 13 de diciembre de 1989. Después vinieron muchos otros conciertos y recitales en los que el músico nacido en Argentina ha demostrado poseer una capacidad fuera de lo común, abordando un repertorio amplísimo, siempre con un afán por ofrecer las obras capitales del pensamiento musical: al frente de la Sinfónica de Chicago, en los años 90, o de la Staatskapelle de Berlin, más adelante; en un memorable programa dedicado a Liszt, o desgranando las variaciones Diabelli de Beethoven; ante el Requiem Alemán, o afrontando aquel "Tristán e Isolda" que colocó al Teatro Real en la cúspide del mundo operístico, por unos días. Profundo respeto, por tanto, ante cualquiera de sus visitas.

En esta ocasión fueron dos sonatas de Franz Schubert, las que formaron el programa dedicado íntegramente a un compositor no tan presente en su extensa discografía. Teniendo en cuenta la recopilación de Ángel Carrascosa que aparecía en el programa de mano, ninguna de ellas ha sido grabada hasta el momento por el maestro, con lo que la expectación era aún mayor si cabe. Lleno absoluto en la Sala Sinfónica, y el runrún de los grandes acontecimientos.

La sonata D. 894 en sol mayor se inicia con un Molto moderato e cantabile en el que Daniel Barenboim se mostró algo más inseguro de lo habitual, fallando uno de esos acordes de los primeros compases que se mantuvo inoportunamente en el ambiente, entre las toses, carraspeos, estornudos y papelillos de los mentecatos de turno, todo hay que decirlo. Su interpretación pareció sobrevolar en ocasiones la partitura sin entrar en la hondura de un movimiento de tal entidad, ni atender el carácter cantabile con que está marcado.



En el programa de mano del concierto se incluía un texto de Luis Gago que iba mucho más allá de lo que suelen ser unas notas al uso. El punto de partida era la cuestión de si tenía sentido encuadrar las últimas obras de Franz Schubert en un "estilo tardío", cuando el compositor apenas había cumplido los treinta años. Un excelente artículo en el que se reflexionaba sobre este concepto en relación con otros músicos y creadores artísticos, para al final centrarse en las sonatas que componían el recital. En referencia al primer movimiento de la D. 894, Luis Gago citaba la versión de Sviatoslav Richter grabada en Moscú el 3 de mayo de 1978, como ejemplo de coherencia al hacer recaer todo el peso de la sonata sobre este movimiento. El resultado está al borde del colapso, puesto que el tempo empleado fue extremadamente lento, casi imposible. 26 minutos dura la versión del Richter de este primer movimiento, mientras que la que escuchamos a Barenboim se quedó en aproximadamente 15, según mis anotaciones. Y eso que ambos realizaron la repetición completa de la primera sección. Antes he enlazado la radical propuesta de Richter, grabada en vivo el año 1977, pero también dejo aquí el enlace con la versión de Alfred Brendel, más próxima a la que escuchamos a Barenboim.

En el Andante se mostró atento e inspirado, sin recatarse en esos fulgurantes cambios de piano a fortissimo que marcan el movimiento, consiguiendo una lectura sólida y bien rematada en un final de gran recogimiento. El Menuetto no fue resuelto con limpieza, al menos en sus secciones extremas, que se expusieron con gran contundencia y pasión. De este modo contrastó con la delicadeza del Trio, como si de repente una caja de música se abriera entre una disputa, apaciguando las partes por un instante.

Tras el descanso, la sonata D. 958 nos mostró al Barenboim más dominador. En el Allegro del comienzo se evidenció su propósito de hacer prevalecer el carácter dual y dramático de esta música, en una lectura quizás algo apresurada en ciertos momentos. No hizo repetición de la primera sección, con lo que se hurtó parte de la grandeza de esta composición, a mi entender. El Adagio posterior poseyó gravedad y mucha enjundia, sobre todo en el pasaje que cierra el movimiento, marcado a tempo, en el que Barenboim consiguió uno de esos momentos reservados a los más grandes: concentrado en cada nota, logró una extraordinaria intensidad emocional, ante la que hasta los mentecatos enmudecieron. En los dos últimos movimientos apareció el pianista poderoso, con una mano izquierda que marcó de manera profunda el carácter grave de esta obra, llegando a veces hasta el emborronamiento.

Dejo para el final una mención al altercado que se produjo durante el concierto, y que me dejó realmente asombrado. Algunas personas parece que acuden a los conciertos porque no tienen otra cosa mejor que hacer, o para comentar al día siguiente que estuvieron en tal o cual sitio. En este caso parece que una señora se dedicó a interactuar con su teléfono móvil durante el concierto, enviando mensajitos o algo parecido. Debía aburrirse, la criatura. Todo derivó en algún forcejeo y varios gestos desafiantes, pero mejor que yo lo cuenta la persona que sufrió de cerca tal falta de respeto, el crítico musical Fernando López Vargas Machuca, que así lo relata en su estupendo blog. Afortunadamente el pianista estaba de espaldas al suceso, aunque sucediera ¡en primera fila de patio de butacas!, y no pareció percatarse del bochornoso espectáculo.
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4 comentarios:

FLV-M dijo...

Gracias por la mención. La señorita o señora, que no sé lo que era, no estaba exactamente mandando mensajes, creo, sino navegando por internet usando la pantalla táctil del aparatejo. No miró al escenario ni en un solo momento. Sencillamente, no le interesaba nada lo que allí estaba sucediendo. Y tampoco parecía importarle distraer a los que tenía a su lado, dale que te pego con el chisme. Anda que si la hubiera visto Barenboim...

Adolfo Ortega dijo...

Me temo que la dependencia de los dispositivos electrónicos, el no poder estar más de cinco minutos sin mirar el twitter o la cuenta de correo, puede traernos problemas en la salas de concierto. Ya veremos si no se generaliza este tipo de cosas en conciertos a los acude demasiada gente por compromiso, sin interés alguno, como el caso de esta señora. Habrá que armarse de paciencia... y de argumentos.
Un saludo,

Adolfo

Mery dijo...

Hace unos días me pasó algo parecido en el Auditorio, con la Orquesta Filarmónica de Montecarlo.
Una señora se puso a hablar directamente por el móvil, de manera que incluso algún músico tuvo que hacerle callar. Nos lo tomamos a risa en aquel momento, pero es indignante.
(Me sirvió para una entrada diferente en mi blog, eso si).

Un abrazo

Adolfo Ortega dijo...

La verdad es que la situación debió resultar graciosa. No hay que tener miedo a sacarle los colores a los maleducados, pero el colmo es que lo tengan que hacer los propios músicos.
Increíble.
Un abrazo,

Adolfo