Crítica musical, cinematográfica, teatral. Sugerencias, sensaciones, vivencias.

lunes 4 de abril de 2011

GRANDES INTÉRPRETES: ELISABETH LEONSKAJA Y RAFAL BLECHACZ

Auditorio Nacional de Música - Madrid - 28 de febrero y 22 de marzo de 2011



Madurez y juventud. Las grietas de una tela ajada, y la perfecta pulcritud. Más allá de diferencias estilísticas, los dos últimos recitales del ciclo de Grandes Intérpretes nos han permitido contemplar dos estados pianísticos. Dos edades que encajan en generaciones alejadas, tanto como los cuarenta años que separan a Elisabeth Leonskaja y Rafal Blechacz.

La pianista georgiana es habitual de las tardes de Scherzo en el Auditorio, y regresó en solitario a Madrid después de la hazaña de la temporada pasada, en la que dio un generoso repaso a los últimos años de Franz Schubert, con propina digna de jeque árabe. Una velada para el recuerdo, aquella. Rafal Blechacz se presentaba por primera vez en el ciclo, avalado por el primer premio del más prestigioso concurso internacional de piano, el Chopin de Varsovia, del que resultó ganador en 2005. 

Leonskaja compuso una original primera parte, sugerente y 'sigloveinte', marcando los Valses nobles y sentimentales de Ravel, una sonata de Enescu en la que estuvo colosal y tres preludios de Debussy: (Le vent dans la plaine, La fille aux cheveux de lin y Feux d'artifice) En la segunda nos dejó una joya romántica y apasionada,  los "Estudios Sinfónicos" de Robert Schumann, una de esas obras que me acompañan desde que hace ya muchos años la descubrí en un programa de Tve2 (por entonces se llamaba así) dedicado a Vladimir Ashkenazy. Un oportuno embozado de Youtube ha rescatado aquella entrevista de una cinta VHS, y nos la ofrece gentilmente en dos partes. También está disponible la grabación del recital posterior. Sin duda Ashkenazy se encuentra más cómodo delante del piano que respondiendo al exigente cuestionario de Johnathan Miller, aunque lo haga paseando por la delicia suiza de Lugano. La entrevista casi es más interesante por las preguntas que por las respuestas, la verdad:



La interpretación de Elisabeth Leonskaja de esta magnífica obra estuvo lejos de la perfección, acumulando una buen puñado de notas falsas. Sin embargo fue una versión interesantísima. Un derroche de sensibilidad, en una página que además requiere valentía de la que ella anda sobrada. Estudios afrontados con la convulsión del Marcattisimo VIII, o el Agitato VI; o la intensidad del Espressivo II y el Andante que hace penúltimo. Lamentablemente no incluyó ninguna de las "Variaciones Póstumas" incorporadas más tarde a la partitura, y que suelen interpretarse habitualmente intercaladas.



Una de mis grabaciones más queridas de los Estudios Sinfónicos proviene de un concierto de Emil Gilels en Locarno al final de su carrera, en 1984, un año antes de su muerte. Las notas del disco están firmadas por el crítico italiano Piero Rattalino, y son mucho más que una descripción de las obras interpretadas. o los retazos de unas biografías. Cuentan en primera persona la experiencia de haber asistido al recital intuyendo que iba a ser una de las últimas oportunidades de ver a Gilels sobre un escenario, y son el testimonio emocionado de un grandísimo aficionado al piano, con referencias jugosas a los grandes del teclado. Rattalino reconoce que el pianista ucraniano nunca fue un intérprete impecable, y da cuenta del sufrimiento visible en su expresión al cometer ciertos errores en una primera parte compuesta por obras de Scarlatti y Debussy. En la obra de Schumann los problemas se repitieron en más de un estudio, y sin embargo es una versión magistral. Al escuchar a Leonskaja pasando sus apuros, me vino a la memoria la imperfecta versión de Gilels, ya que ambas lecturas poseyeron la solera de una intensa vida artística, incluyendo las impurezas propias del envejecimiento. Por si había alguna duda, hay que destacar que Elisabeth Leonskaja luce un aspecto estupendo, y sigue siendo una mujer bellísima.

Rafal Blechacz ofreció un recital tan inmaculado como esa copa que el chaval recoge del adulto en el cuadro de Velázquez. Después de unas cristalinas variaciones mozartianas, L'Isle Joyeuse se expuso con una agilidad asombrosa, al alcance de muy pocos. En la segunda parte hizo honor a su nacionalidad, y también al premio que le ha consagrado, dedicando todo el programa a Chopin. Las Baladas números 1 y 2 se apoyaron en un despliegue técnico casi insultante, resolviendo ambas obras en poco tiempo, con una notable fluidez y naturalidad. A principios de febrero podíamos escuchar a Boris Giltburg en el Auditorio SONY de la Fundación Albéniz, pianista de la misma generación que Blechacz, segundo premio del Concurso Internacional de Piano de Santander en 2002, extrayendo de estas baladas más contenido y riqueza, con mayor detenimiento, aunque sin la apabullante perfección del polaco. Las dos Polonoesas op. 26 también fueron llevadas a buen ritmo y con facilidad pasmosa.

"La perfección -o dicho de otro modo: la ausencia de todo error- es algo que me provoca miedo, me angustia. Si todo es perfecto, diáfano, limpio y puro -es decir, está libre de toda suciedad-, corre el peligro de ser inhumano-divino o diabólico". De este modo se expresaba Nikolaus Harnoncourt en una entrevista concedida en 2004, y recogida ahora en un libro que edita Paidós Contextos, aunque curiosamente no haciendo referencia a la música sino a la religión. Válido para el ámbito que ocupa estas páginas, en cualquier caso.

Casi como un desafío al tiempo y la edad, aquel recital de Gilels que he recordado se inició con las exigentes notas repetidas de la Sonata K. 141 de Scarlatti. Intentar aferrarse a la presteza de antaño, mantener la precisión congelada y dispuesta para ser expuesta en cualquier momento, posee algo de ese carácter diabólico al que se refería Harnoncourt. Martha Argerich puesta ante el espejo de la edad, siendo ella misma la que entrega y recoge la copa de cristal transparente, produce tanta admiración  como inquietud: