Crítica musical, cinematográfica, teatral. Sugerencias, sensaciones, vivencias.

jueves 21 de abril de 2011

GRANDES INTÉRPRETES: GRIGORI SOKOLOV

Auditorio Nacional de Música - Madrid - 11 de abril de 2011



Veinte minutos antes del inicio del recital, Grigori Sokolov estaba ejercitándose en el piano de la Sala Sinfónica, aún vacía, como podía verse en las pantallas del vestíbulo, y escucharse en alta fidelidad a través de los altavoces del circuito cerrado. Haciendo las últimas pruebas de sonoridad, quizás, en lo que debe ser un ritual previo a sus actuaciones, puesto que ya lo había observado en alguna otra ocasión. Desde luego no se trataba del último repaso a una lección traída por los pelos, como pudimos comprobar a lo largo de un recital que, ya adelanto, me pareció absolutamente antológico. Son muchas las ocasiones en que el pianista ruso nos ha deleitado y asombrado al mismo tiempo, pero no recuerdo otra en que el discurrir de la velada haya sido tan impresionante. Cada movimiento, cada frase, casi toda nota, parecieron emerger con sentido propio, dotados de la vida que un gran artista sabe extraer del pentagrama, cosa que está al alcance de unos cuantos elegidos. Este doble programa Bach/Schumann, compuesto por obras poco habituales en las salas de concierto, posibilitó un triunfo memorable, ante un público que aguarda y escucha a este pianista con un respeto especial.

Con el Concierto Italiano de Bach ya se pusieron todas las cartas boca arriba, mostrando una seguridad fuera de lo común, sólidos conceptos y una fluidez a la vez exultante, como en el Presto conclusivo, o recogida, como en el impresionante Andante de esta BWV 971. No cayó en la morosidad excesiva en que ha incurrido en otras ocasiones, y que a veces puede llegar a descomponer el discurso musical.

Casi sin interrupción, apenas levantándose del asiento por cortesía, afrontó la Obertura en estilo francés en si menor BWV 831, consiguiendo una lectura impecable, profunda, deleitándonos con una versión que ya queda como uno de los mejores Bach que jamás se han escuchado en el ciclo de Scherzo. Y ya llevamos muchos. El primer número, Ouverture, verdadera base sobre la que se asienta esta espléndida obra, se construyó con la solemnidad y meditación a las que aludía con acierto Luis Suñén en las notas al programa de mano. Las danzas posteriores fueron ejecutadas con esa especie de contundencia rítmica que parece casi una aportación genética de los músicos rusos. Poderoso en los apoyos de la Courante; refinado en la Gavotte y Passepied; resuelto en los adornos y siempre galante. Una interpretación tallada con la precisión de un diamente, ofreciendo sus múltiples caras con toda la pureza. La Sarabande fue un milagro de esos que a uno le hacen adorar a Bach como si estuviera en lo más alto (si es que allí hay algo) y desembocó sin aspereza en una Bourrée que poco a poco nos devolvió a la superficie terrestre, antes de bailar la Gigue. El juego de ecos de la última pieza fue resaltado especialmente por Sokolov, extrayendo todo el poder de sugerencia de una respuesta lejana y delicada.

Tras casi cincuenta minutos de un Bach excelso se lanzaron los primeros bravos, y uno no pudo contener el impulso de levantarse del asiento a aplaudir, rendido y turulato. Sokolov se retiró con su gesto serio, y el afinador apareció con el oído presto a poner a punto el Steinway.

El año pasado Sokolov llevaba en su repertorio de conciertos la tercera sonata de Schumann, y en esta ocasión nos trajo esa colección de impresiones denominada Humoresque op. 20. Retazos enlazados que dibujan el voluble espíritu del compositor alemán, del que tantas obras estamos disfrutando en los últimos meses. De nuevo nos encontramos con una interpretación poliédrica, estudiada en sus más recónditos detalles. Sugerente y sencilla desde los primeros compases de la sección inicial, y juguetona en su parte central. Asumiendo el carácter arrebatado de esta música, alternó los momentos marcados en forma de marcha, como los del segundo movimiento, con el intimismo de un final en forma de Adagio que prácticamente se deshizo en sus manos tras unos ritardandi muy acentuados. Mostró gran agilidad en la partes más ligeras y llenó de misterio los compases marcados como Mit einigem Pomp, previos a la resolución de una composición que, aunque sobre el papel se divide en seis secciones, suele exponerse como la contínuidad de  unos estados de ánimo un tanto azarosos. La recreación de Sokolov fue sencillamente colosal, y tuvo como colofón las Cuatro Piezas op. 32, otra obra poco transitada por los pianistas actuales, más proclives a los juegos de niños.

El final desató la euforia de los aficionados, que no querían dejar marchar al ruso al camerino bajo ningún pretexto, aún teniendo en cuenta la duración y densidad del programa. Sin esbozar la más mínima sonrisa salió a saludar en repetidas ocasiones, y ofreció una colección de bises que pasaron por el barroco francés, dos preludios de Chopin y, sobre todo, una apabullante versión del Capriccio op. 116 nº 7 de Brahms, capaz de noquear al más pintado. Después de casi tres horas de recital, un poco más y habría que haber avisado de nuevo al afinador, porque el piano empezaba a resentirse. Habíamos asistido a un festín musical de esos que siempre recordaremos y nunca agradeceremos lo suficiente.

¡Bravo Sokolov!

1 comentarios:

Mery dijo...

Si, debió ser antológico por lo que cuentas. Me asombra que no aireara una simple sonrisa a ese público tan agradecido y enardecido, pero se ve que eso también le confiere una aureola de dignidad.
Un abrazo